Ep. 62 | El arte de sentir: Cómo nuestro cuerpo se convierte en lenguaje cuando las palabras no bastan

Hay emociones tan intensas que no caben en las palabras. Hay momentos en que lo que sentimos se instala en el cuerpo, y el lenguaje se queda corto. ¿Qué hacemos entonces? ¿Cómo le damos forma y voz a esa experiencia profunda que nos habita?

Esta es la pregunta central que exploramos en el episodio 62 del podcast «Mundo Interior», junto a Lucy Roldán. Para esta conversación, tuvimos el honor de recibir a Luisa Cuesta, una talentosa artista multidisciplinar que ha dedicado su vida a una búsqueda fascinante: encontrar la manera de «hacer visible lo invisible». Acompáñanos a descubrir cómo el cuerpo puede convertirse en el lenguaje más honesto y poderoso cuando las palabras ya no son suficientes.

 

La sabiduría de una pregunta infantil

El viaje de Luisa Cuesta hacia la expresión corporal comenzó en la infancia, con una pregunta que desafiaba las convenciones sociales. Cuando un adulto le pedía que no llorara, ella se cuestionaba internamente: «¿por qué no puedo llorar si más bien luego de llorar me siento mejor?».

Esta libertad innata para sentir la llevó a explorar diversas formas de arte. Estudió danza y ballet desde pequeña, pero fue en el teatro donde sintió una encrucijada. Al estudiar la actuación tradicional, se sentía «incompleta», atada a un texto que, si bien era enriquecedor, no le permitía expresar la totalidad de su experiencia. Le faltaba algo que integrara la disciplina física de la danza con la profundidad emocional de la actuación.

La respuesta la encontró en el mimo corporal dramático, un arte que le permitió canalizar todo lo aprendido en un solo lenguaje. Fue allí donde su pasado en la danza y su presente en el teatro convergieron, dándole las herramientas para plasmar el pensamiento y la emoción directamente en el cuerpo.

El teatro como espacio de catarsis y despertar

Más allá del entretenimiento, el teatro es una herramienta fundamental para el autoconocimiento. Luisa nos cuenta la anécdota de un taller de teatro al que asistió recientemente, donde la mayoría de los participantes no eran actores. Eran personas de distintas profesiones que buscaban en la experiencia actoral una «necesidad espiritual, emocional, física y mental». Buscaban un espacio para hacer catarsis.

La catarsis es ese clímax emocional que nos permite desahogarnos, ya sea como actores en escena o como público que se ve reflejado en la tragedia de un personaje. Como explica Lucy Roldán, el arte, y en particular el teatro, nos permite «despertar». Nos confronta, nos emociona y nos transforma, creando un puente directo con el quehacer psicológico.

Esta conexión única se completa en la mente de quien observa. Como afirma Luisa:

«la obra de arte realmente se termina de construir en el imaginario del espectador».

Un artista entrega una obra, pero es el público quien la recibe y la dota de un significado personal, conectándose con sus propias memorias y sentimientos. Esta catarsis, este acto de verse en el otro, no es solo un desahogo pasajero; es el primer paso hacia una comprensión más profunda de la condición humana, una habilidad que exploramos como la «inteligencia dramática».

 

El Poder del mimo corporal

¿Qué es exactamente el mimo corporal dramático? Es el arte de «hacer visible el subtexto»: todo aquello que no se dice con palabras, pero que el cuerpo comunica con una honestidad arrolladora. Luisa utiliza una poderosa metáfora: las palabras pueden ser «mentirosas» o una simple «carcasa», pero el cuerpo siempre revela la verdad del pensamiento y la emoción.

Esta filosofía la ha llevado a transformar la manera en que vemos la ópera. Su razonamiento fue el siguiente: si en la ópera la música es el subtexto que revela los verdaderos sentimientos de los personajes, entonces el cuerpo debe ser el vehículo para visibilizar esas emociones. Su genialidad fue encontrar un paralelismo perfecto: «lo más plástico y más artificial que hay en el teatro es el mimo corporal dramático y en el canto lo más plástico y artificial que hay es el canto lírico… si esto se une, esto se puede potenciar».

Así, en la escena de «Romeo y Julieta» que dirigió, los amantes se dicen adiós verbalmente, pero sus cuerpos se buscan y se acercan, comunicando una verdad emocional más profunda que el texto. En esta disciplina existe un fascinante «oxímoron»: es un lenguaje «súper artificial» que debe ser aprendido, pero su ejecución tiene que ser «sumamente orgánica» para ser creíble. Por eso, con el mimo corporal, «no se puede mentir». El músculo debe vibrar de verdad para que el público pueda sentir la realidad de la emoción.

La «Inteligencia Dramática» en la vida cotidiana

Uno de los mensajes más importantes de esta conversación es que el arte no es un dominio exclusivo de los artistas. Como bien señala Luisa, «el arte no se estudia solo para ser artista». Es una herramienta fundamental para el desarrollo humano que puede y debe vincularse con todas las áreas del conocimiento, desde las matemáticas hasta la historia.

Luisa recuerda un ejercicio en su colegio donde, para explicar el concepto de la «distorsión del mensaje», la profesora les hizo crear una escena teatral sobre un chisme que se transformaba con cada persona. Esta vivencia práctica les permitió comprender la teoría de una forma mucho más profunda.

Este ejercicio es un ejemplo de lo que hoy se conoce como «inteligencia dramática»: la capacidad de ponernos en los zapatos del otro, de sentir empatía. El arte, entonces, se convierte en un campo de entrenamiento para la empatía. Nos enseña a habitar otras pieles y a entender otras perspectivas, desarrollando una inteligencia que, como afirma Luisa, es nada menos que «fundamental para la convivencia y para la convivencia pacífica».

 

La memoria inscrita en el cuerpo

Tanto en la psicología como en la actuación, existe el concepto de «memoria emocional». Nuestro cuerpo es un archivo viviente de nuestras experiencias, y a veces, un simple gesto puede desbloquear emociones que creíamos olvidadas.

Luisa compartió una anécdota personal y poderosa. Durante un taller, después de mucho tiempo sin ser alumna, se encontraba realizando un ejercicio de movimiento. En un momento, hizo un gesto con la mano y, sin previo aviso, «le chorrearon las lágrimas». No hubo un proceso mental consciente; el movimiento conectó directamente con su sistema nervioso, liberando una emoción profunda y multifacética. Como ella misma se dio cuenta, «toda esa emoción venía de mi época de estudiante, de mis compañeros, de algo que extraño muchísimo que es recibir yo clases, actuar, presentarme, ser yo dirigida».

Este episodio ilustra cómo los traumas, las tensiones y las alegrías se van acumulando y quedando en el cuerpo. La expresión artística, como la danza o el teatro, se convierte en una vía para «romper con esos nudos». Este momento revela cómo el cuerpo guarda los hilos de nuestra historia. Y es a través del arte que aprendemos no solo a sentirlos, sino a volver a tejerlos en algo nuevo y con sentido.

Tejer la propia vida: Reconstruirnos a través del arte

Además de su trabajo escénico, Luisa ha encontrado en el bordado otra forma de expresión. Inspirada por los paisajes de Ecuador y la artesanía local, comenzó a crear obras textiles. Una anécdota en particular encapsula el poder del arte como un acto de reconstrucción.

Tras haber cortado una gran tela en retazos para poder transportarla, le pidieron unirla nuevamente para una exposición. Su primera reacción fue de duda, pero inmediatamente llegó una revelación. Le dijo a su representante:

«Sí las puedo unir porque ya lo he hecho antes con mi vida… no creo que sea más difícil que reconstruirse emocionalmente.»

Esta analogía es un reflejo de la vida misma. A menudo nos sentimos rotos o fragmentados, pero esta historia nos recuerda que «siempre podremos reunir las piezas y hacer algo bello». El arte nos invita a encontrar belleza incluso en las cicatrices y las uniones, a reconocer que es necesaria para «calmar todas las atrocidades que vivimos».

La conversación con Luisa Cuesta nos deja una certeza: el arte, con o sin palabras, es una herramienta vital para el autoconocimiento, la sanación y la conexión humana. Es un lenguaje universal que nos permite expresar lo inefable y entendernos a un nivel más profundo. 

No es necesario ser artista para beneficiarse de su poder. Basta con permitirnos ser vulnerables como público, «dejarnos tocar» por una obra y permitir que nos transforme. 

Sumérgete en el episodio 62 completo para descubrir más herramientas que te ayudarán a traducir tus emociones en arte y sanación. 

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Lucy Roldán

Piscóloga Clínica

Hola, Soy Lucy Roldán y tengo el privilegio de ser terapeuta desde hace 40 años. Es una actividad que encuentro muy desafiante en el plano intelectual y muy gratificante en el ámbito personal.

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