¿Qué está pasando con el uso de pantallas en la infancia? Es una pregunta que resuena en la mente de padres y cuidadores en un mundo donde la realidad es innegable: nuestros niños aprenden a deslizar el dedo en una pantalla antes de atarse los zapatos e incluso antes de hablar.
Para explorar cómo esta relación con la tecnología afecta su desarrollo emocional y cognitivo, en el episodio 61 de “Mundo Interior Podcast”, Lucy Roldán, conversó con Andrea Camps, psicóloga infantil con más de 12 años de experiencia en trastornos emocionales.
En este artículo de blog, hemos creado una guía basada en las enseñanzas recogidas en el podcast. El objetivo no es satanizar la tecnología, que ya es una parte integral de nuestras vidas, sino orientar a los padres sobre sus beneficios y perjuicios para criar niños sanos y conectados en la era digital.
1.El reflejo en el espejo, el rol fundamental de los adultos
La conversación sobre el uso de pantallas en los niños es, inevitablemente, una invitación a que los adultos reflexionemos sobre nuestro propio comportamiento.
“Somos el principal modelo a seguir, y si pasamos el día mirando el celular, difícilmente podremos transmitir un mensaje diferente», afirmó Lucy Roldán.
La psicóloga Andrea Camps señala cómo los dispositivos se han transformado en una herramienta de crianza que, aunque cómoda en el momento, puede ser perjudicial a largo plazo.
Como explica Camps, «las pantallas o los videos se han convertido en el chupón de los niños. ¿Está llorando? Dale la pantalla. ¿No quiere comer? Dale la pantalla».
Este uso crea un círculo vicioso: los padres dan la pantalla para evitar un berrinche, acostumbrando al niño a que esa es la única solución para calmarse. Cuando intentan quitarle, la pataleta es aún mayor y, para evitar esa descarga emocional, los padres «terminan accediendo a veces sin mucho pensar, solo para comprar paz ese ratito».
A esto se suma la «inmediatez» de la vida moderna de los adultos. Vivimos en una cultura donde todo se necesita «para ayer», lo que nos dificulta tener las herramientas y la paciencia para enseñar a nuestros hijos a esperar, a tolerar la frustración y a entender que no todo se puede tener al instante.
2.La distinción clave: ¿Uso pasivo o interactivo?
Una de las preguntas más comunes es: ¿a qué edad es apropiado el uso de pantallas? La teoría sugiere que en los primeros dos años la exposición debería estar «completamente vetada», pero esta no es una realidad práctica para muchas familias con hermanos mayores o padres que trabajan desde casa.
El factor determinante para evaluar si el uso es perjudicial o beneficioso no es solo la edad, sino la interacción. Es crucial diferenciar entre un uso pasivo, que aísla, y uno activo, que conecta.
- Uso pasivo (Perjudicial): Ocurre cuando el niño está solo frente a la pantalla, como un «niño zombie». Andrea Camps describe el comportamiento físico de este estado: «De hecho a veces hay un comportamiento del niño que empieza a saltar frente a esta pantalla sin poderse contener… estoy recibiendo estímulo pero no hay una devolución mía». En esta situación, no hay desarrollo del pensamiento ni del lenguaje. Como advierte Lucy Roldán, sin interacción, «les estamos dañando al niño la posibilidad de un desarrollo».
- Uso activo (Más positivo): Se da cuando la pantalla se convierte en un puente para conectar o cuando un adulto acompaña al niño, interactuando con él sobre el contenido que están viendo. Un ejemplo claro y beneficioso es una videollamada con la abuela que vive en otra ciudad, pues la tecnología está al servicio de la conexión humana.
3.Impacto en el desarrollo, las consecuencias de un abuso de pantallas
En su consulta, Andrea Camps observa de primera mano los efectos negativos que un uso excesivo y pasivo de las pantallas tiene en el desarrollo infantil.
Retrasos en el lenguaje y la comunicación
La psicóloga Camps recibe a muchos niños con serias dificultades para comunicar lo que sienten o piensan. Esta incapacidad para expresarse afecta directamente su habilidad para autorregularse. El lenguaje que desarrollan tiende a ser repetitivo, imitando sonidos o frases, pero carece de una «intención de expresar algo». No lo usan como una herramienta para conectar o manifestar sus necesidades y emociones.
Dificultades en la autorregulación emocional
Cuando se utiliza la pantalla para cortar sistemáticamente el llanto o un berrinche, se le «evita que el niño llegue a desarrollar habilidades de autorregulación». Permitirles a los niños aburrirse es fundamental; es en esos momentos de aparente inactividad donde nace la creatividad y desarrollan los recursos internos para entretenerse por sí mismos, sin depender de un estímulo externo.
Percepción distorsionada del tiempo y la frustración
Los niños, especialmente hasta los 6 años, no tienen una noción clara del tiempo. No entienden la diferencia entre 5 minutos y una hora. Por esta razón se desregulan tanto cuando termina una actividad placentera, como ver su programa favorito o jugar un videojuego. Es importante que los padres comprendan que su reacción no se debe a que sean «desagradecidos», sino a que neurológicamente no están en capacidad de comprender el concepto del tiempo y el final de una actividad que les genera placer.
4.Estrategias prácticas para padres y madres
Gestionar el uso de pantallas no se trata de prohibir, sino de guiar y conectar. A continuación, se presentan cinco estrategias claras y accionables.
- Conectar antes de limitar: La idea central que propone Andrea Camps es que «la mejor forma de poner un límite es conectando». En lugar de prohibir un videojuego o una serie basándose en lo que «dicen que es malo», los padres deben involucrarse. Sentarse con sus hijos, entender qué les gusta de ese contenido y por qué es importante para ellos. Desde ese conocimiento, se pueden establecer límites informados y razonados.
- Reemplazar, no solo quitar: Cuando se acaba el tiempo de pantalla, es crucial no dejar al niño en un vacío de frustración. La estrategia es reemplazar inmediatamente el estímulo por otra actividad que también sea agradable y, preferiblemente, conectada. Por ejemplo: «cuando suene la alarma, apagamos la tele y nos vamos a jugar juntos a la pelota».
- Establecer zonas y momentos libres de pantallas: La hora de la comida debe ser un espacio absolutamente libre de pantallas, tanto para niños como para adultos. Comer en familia, sin distracciones, fomenta la conexión, permite disfrutar del alimento, enseña a colaborar, a respetar turnos para hablar y a fortalecer los lazos afectivos.
- Ser curadores del contenido: Andrea Camps comparte una analogía poderosa y personal sobre la importancia de filtrar el contenido. «Cuando yo inicié recién en mi profesión yo me acuerdo que los cuentos yo los leía antes de leérselos a los niños… y a veces arrancaba hojas». De la misma forma, los padres deben revisar los programas, juegos o películas para asegurarse de que los valores y el mensaje son apropiados para la edad y la madurez de sus hijos.
- Fomentar la interacción real: Es fundamental hacer un balance honesto y preguntarse: ¿cuántas horas pasan los hijos al aire libre? ¿Cuántos momentos de interacción real, cara a cara y sin pantallas de por medio, tienen al día? Un ejemplo inspirador que se mencionó en la conversación ilustra esta prioridad en otras culturas: «El otro día me contaba una persona que está viviendo en Suecia que en la escuela del niño le piden decir cuántas horas al aire libre ha pasado en la semana». Priorizar juegos de mesa, paseos o simplemente conversaciones, es clave para un desarrollo saludable.
La mirada que nos construye
El mensaje más poderoso de esta conversación se resume en una frase clave de Lucy Roldán: «es en la mirada del otro no en la mirada a través de una pantalla que realmente nos hacemos a nosotros mismos». Una pantalla no puede darle a un niño la devolución, el reconocimiento ni el afecto que necesita para construir su identidad. No le puede decir «qué servicial eres» o «qué bien lo has hecho».
La solución no es una prohibición irrealista de la tecnología, sino una gestión consciente. Se trata de reemplazar el tiempo de pantallas por tiempo de conexión genuina. Incluso si son solo 10 o 15 minutos al día de juego o conversación ininterrumpida, esa mirada atenta y presente es el pilar sobre el que se construye un desarrollo emocional y cognitivo sano.
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